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SAL SI PUEDES

Pequeñeces

Pequeñeces

PEQUEÑECES

"Líbranos, Señor,
de encontrarnos
años después,
con nuestros grandes amores."

Cristina P. Rossi

Recuerdo bien cuando te conocí. No sé qué fue lo que llamó mi atención, quizás tu pequeñez. Pero a medida que te fui descubriendo, me di cuenta que esa poca cosa era tan grande que apenas podía abrazarte.
Eras tan sólo palabras que se iban dibujando poquito a poco. Te fui imaginado a mi antojo. Ésta es la magia de la ficción. Cada cual es lo que uno quiere que sea y viceversa.
Y no me deslumbró tu realidad. Fueron tus letras las que me llegaron. Ellas tomaron cuerpo, se hicieron palpables y te hice posible.
Pasábamos las noches sentados, escuchando buena música, de ésa que nos penetra hasta las entrañas, acompañando la charla con un buen vino y la madrugada nos atrapaba siendo nuestra cómplice.
Tu voz suave se alojaba en mi oído, como si fuese una nana, y me ovillaba en tus piernas mientras acariciabas mi pelo. El miedo quedaba fuera. Me sentía tan pequeña y tan grande a la vez entre tus brazos que al despertar te buscaba y sólo allí comprendía que eras sólo un sueño.

Verde manzano con girasoles amarillos

Verde manzano con girasoles amarillos

VERDE MANZANO CON GIRASOLES AMARILLOS

Andrés no te pierdas – dijo la madre.

Andrés tomó su baldecito y se fue corriendo con sus cortos pasos a la orilla. La mar invitaba a disfrutarla, su color verde claro permitía ver los pececitos de colores nadando bajo la superficie.
Mojó sus pies con la primera ola que murió en la orilla y luego se zambulló, estaba fría o tal vez no tanto, pero el sol ya había calentado su cuerpo lo suficiente como para sentir el contraste entre el calor de su piel y la temperatura del agua.
Otra ola le dio la bienvenida sumergiéndolo y llevándolo hasta el fondo para luego emerger con la blanca espuma. Sintió el tirón, tocó el fondo y todo se volvió confuso, el murmullo de la playa quedo atrás y ahora tan solo escuchaba el bramar del mar.
Los oídos, la nariz y la boca se le llenaron de agua, tampoco podía ver; su cuerpito se mezclaba con las olas que se fueron sucediendo una tras otra, así emergiendo y sumergiéndose transcurrieron los minutos siguientes, que para él fueron interminables, hasta que la última ola le devolvió a la orilla.
Su balde ya no estaba donde lo había dejado, pensó que había padecido la misma suerte que él y el océano le había brindado otro destino que no era el de cargar arena o agua.
Se incorporó y busco la sombrilla donde estaba su madre, recordaba que era verde manzano con girasoles amarillos.
Miró hacia un lado, el otro, al frente, pero no la veía; en cambio otras de diversos colores se le ofrecían a rayas azules y rojas, blancas con flores multicolores, celestes combinadas con rosa, arco iris, menos su tan ansiado verde manzano con girasoles amarillos
Decidió buscarla no podía estar muy lejos.
Comenzó a caminar por el borde guiado por el deseo más que por el instinto.
Eran tantas las sombrillas que le dificultaban la tarea.
Los niños jugaban con sus baldes, moldecitos, pelotas y demás juegos de playa, y él caminando bajo el sol abrasador y la arena caliente quemaba sus pies. Se había olvidado del gorro y ahora con el cabello ya seco comenzaba a sentir aún más el calor.
Las gentes pasaban por su lado y le parecía que era invisible, nadie percibía en él.
Las lágrimas despacito empezaron a brotar de sus ojos, mojando las mejillas y un llanto incipiente quería irrumpir de un momento a otro. Respiró hondo, se secó el rostro y dijo para sí “los hombres no lloran”, su abuelo se lo decía siempre.
Había andando mucho y la sombrilla verde manzano con los girasoles amarillos no lo sorprendía.
Decidió dar marcha atrás e ir para el otro lado.
El bullicio de la playa, el calor, no le permitían pensar con claridad; mientras buscaba desesperadamente el verde manzano con los girasoles amarillos que serían su salvación se imaginaba jugando bajo la bondadosa sombra que el parasol le ofrecería.
Se vio yendo a la orilla a buscar arena mojada y recordó cuando la magia del agua lo sedujo a meterse en ella y no se limitó solo a mojarse los pies.
Durante días soñó con ese día de playa, llenando el balde con arena y agua para construir un castillo, igual al que había visto en una película en la televisión; y ahora estaba caminando bajo el sol calcinante, que tras cada minuto quemaba más su piel, calentaba su cabeza, le nublaba la vista y no le permitía buscar su tan anhelada sombrilla verde manzano con girasoles amarillos.
Ya no era tan solo el deseo de encontrarla, sino que también el hambre y la sed acrecentaban aún más su angustia.
Veía a las familias reunidas bajo sus parasoles comiendo emparedados, bebiendo refrescos y el ruido de sus jugos gástricos lo desconcentraban.
Cansado ya de caminar y buscar sin tener resultado, decidió sentarse a descansar.
Ve a su madre sentada en la reposera leyendo un libro bajo la sombrilla verde manzano con girasoles amarillos. Iba hacia ella extendiendo los brazos para que lo viera entre la multitud de bañistas que invadieron las arenas blancas, cuando una voz le pregunta:

“¿Estás perdido?

DES-APA-RECIDOS

DES-APA-RECIDOS

"dios te ampare
o mejor
dios te reviente"
M.B.

Se hizo noche. Una oscuridad imperturbable tiñó el día. Los amaneceres grises vestían el azul del cielo. Las flores fueron perdieron su color, los árboles pintaron sus troncos de blanco, las hojas caídas no volvieron a brotar con la primavera. El invierno se hizo perenne. Un silencio que dolía envolvía el crepúsculo. Las calles quedaban vacías. Solo el dolor y el miedo deambulaban libremente.
Yo no sé nada. No lo conozco. No sé quién es. No tengo idea de lo que me habla.
Angustia, miedo, tormento, suplicio.
Gritos arrancados desde las entrañas. Quejidos agudos que quiebran la mudez de la madrugada. Cuerpos rotos, violados, despedazados. Las paredes hablaban lo que las bocas callaban.
Diez años de mutismo, de olvido exigido, de ceguera obligada. Los sentidos fueron privados de su libertad. No se puede tocar. No se puede oír. No se puede hablar. No se puede.
Familias fragmentadas. Amigos desvanecidos. Preguntas sin respuesta.

Las largas botas negras vestían el asfalto. Cabezas gachas, espaldas curvadas, sonrisas desdibujadas, miradas de temor se entrecruzaban en las esquinas.
No me mires. No me hables.

“y usted preguntará por qué cantamos...
cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota”

Quimeras

Quimeras

Sentado en el cordón de la vereda, mientras encendía un pucho y tomaba el vino tetra; observaba la gente pasar. Todos absortos en sus problemas, pensando seguramente en el trabajo, en las tareas que hacer en el hogar, llevar los chicos al colegio, pasar por la lavandería, ir al supermercado, llamar al mecánico, pagar las cuentas, etc., etc., etc...
En cambio yo, estaba allí sentado, disfrutando el último cigarrillo, asoleándome con los tibios rayos de este sol de otoño y saboreando el único vino que pude comprarme con los veinticinco pesos que me quedaban en el bolsillo. Una sonrisa irónica se instaló en mi rostro, imitando una aparente felicidad.
Felicidad, placidez, alegría, satisfacción, gozo. Adjetivos ajenos. Placeres inventados para los otros, que se los creen. Por ejemplo, esa mujer que va caminando por la otra vereda. Lleva su niño en brazos. El bebé llora. Trata de calmarlo. Lo mece. Lo acaricia. Sonríe simulando un bienestar que no siente. Pero no sería correcto, zarandearlo y gritarle que por favor se calle. Hace meses que solo escucha ese lloriqueo incesante. Días, noches, semanas, que no sabe lo que es dormir ocho horas seguidas. Que no puede ducharse sin tener que salir enjabonada del baño, porque el crío no para de llorar. Al contrario ríe.
Este mundo es un ilusorio. Nada es real. Todo es aparente.
Sin embargo, nos vendieron el sueño. Y nos lo creímos. Lo compramos y jugamos el mejor rol que podemos. Actuamos ser buenos padres. Hijos. Amantes. Esposos. Compañeros de trabajo. Ellos mueven los hilos y como marionetas en un escenario ficticio ejecutamos la obra de la vida.
Yo pude elegir. Soy un afortunado. Quebranté todas las reglas. No fui buen hijo. Jamás me case. Las mujeres solo las uso, cuando ya mi mano cansada de masturbarme me pide un trozo de piel. Nunca trabajé. Bueno...si robar, estafar, jugar con el azar no es un laburo. No trabaje. A mi no lograron engañarme. De esta zafé.

La tos

La tos

LA TOS

“Ahora ha cantado un gallo muy distante y otro le responde. Una gris claridad se acentúa. Alguien tose y maldice. Un largo gemido rueda por los pasillos en sombra”

Una luz tenue se abre paso por la ventana dejando atrás la noche. El mal dormir, las maldiciones y los gemidos son ecos de la madrugada sin sueño.
Se levantó despacio como no queriendo despabilar los párpados cansados que recién ahora lograba cerrar.
Se vistió de memoria, abrió la puerta y un gélido viento le dio los buenos días.
Una larga jornada lo esperaba y otra noche más sin poder dormir.
Mira el reloj y apenas faltaban quince minutos para que marcase las 7.00 horas, una vez más llegaba tarde a la fábrica, otro día más descontado, además de escuchar a su jefe ...”Sr. Benítez otra vez llegando tarde, usted no sabe que la hora de ingreso son las 7.00 hs. no las 7.30 hs, tiene el día descontado, vaya a su puesto de trabajo que hay mucho que hacer...”, cerraba la puerta del despacho y a enfrentarse nuevamente a esa máquina maldita.
Pasó por el bar de Don José, estaba acomodando las sillas y desde fuera se olía el café recién hecho, le dio otro vistazo a la hora y entró.
Se sentó en la mesa junto a la ventana, abrió el periódico y ordenó un capuchino con dos medialunas rellenas.
Saboreó su capuchino y las medialunas, como si fuese el último día de su vida.
Leyó el diario desde la primera hasta la última hoja, cuando eran las 8.30 horas, decidió volver a su casa.
Entra, su esposa estaba en la cocina, lo mira y le dice:
- que haces acá, ¿no fuiste a trabajar o te echaron?, ya sé, llegaste tarde otra vez y te suspendieron.
Sin responder se retiró a su cuarto, se quitó los zapatos despacio, el pantalón, la camisa y se acostó.
Apenas estaba conciliando el sueño cuando la tos seca y constante de su suegro acompañada de las maldiciones diarias lo despierta.
Blasfema en silencio, se viste nuevamente y sale de la casa. De afuera escucha a su mujer gritándole ¿y ahora a dónde vas?.
Llegó justo cuando los altoparlantes anuncian la salida del ómnibus, compra un pasaje, la vendedora le pregunta “¿ida y vuelta, señor?”.
No, solo ida.

Playa rosa

Playa rosa

“La muerte no ha nacido, está dormida
en una playa rosa”
A. Storni

Como era su costumbre, se sentó en la arena a ver lo últimos rayos de sol desvanecerse entre las aguas. Al igual que ellos, sentía como su vida se iba palideciendo. Le gustaba ese lugar, se sentía acogida por el ruido de las olas que acompañaba sus cavilaciones.
No recordaba muy bien cuándo había descubierto esa playa, pero desde aquel día siempre que cruzaba el río iba allí.
La tristeza se amotinaba en el pecho y la vida pasaba como un desfile por su cabeza. Un dolor intenso le quitaba el aire, sus ojos se llenaron de lágrimas y la belleza del lugar contrarrestaba con su angustia.
Sentía que solo quedaban jirones de lo que una vez había sido o intentado ser. Ya nada era claro.
Un torbellino de ideas se arremolinaban en su mente, se pegaba fuertemente la frente contra la arena mojada, como queriéndoselas quitar, pero ellas persistían.
La voz de su medico era un eco: “el diagnóstico es irreversible, lo siento” y la despidió con una palmadita en los hombros, como si eso fuese suficiente.
Tantas preguntas aún por responder, tantas cosas por vivir...
Comenzó a caminar por la orilla, le gustaba sentir el agua fría, refrescándole los pies, como la espuma blanca dejaba la estela alrededor de sus piernas, cual serpentinas.
Subió al peñasco para tener mejor vista.
El río se tiño de rojo.

Recuerdos de la infancia

Recuerdos de la infancia

Entró al patio de la vieja casa, el aroma de azahar le recordó la niñez perdida; cerró los ojos y pudo sentir el beso en la mejilla, la caricia cotidiana y la sonrisa de su abuela.
El azul del cielo y la tibieza del sol le dio nostalgia.
Encendió un cigarrillo y comenzó a recorrer esos pasillos teñidos de historia, esas paredes deterioradas por los años que aún guardaban algunas marcas de retratos colgados, huellas del tiempo pasado.
Retiró las sábanas blancas ya amarillentas, que inútilmente trataban de proteger del polvo los viejos sillones y se sentó a disfrutar de los recuerdos.
El olor a pan recién horneado y a café con leche lo despertaban en las mañanas, deprisa se vestía e iba a la cocina, se deleitaba con los cuentos de las mujeres de la casa, que se cocían al igual que los guisos y las mermeladas a fuego lento.
En aquella época parecía que la prisa no tenía apuro y todo transcurría pausadamente.
La risa tímida de su prima Eugenia le llegaba desde la calle jugando a la rayuela con su amiga Alicia, a través de la ventana podía ver como sus faldas revoloteaban al viento mientras con una pierna sola trataban de pasar los recuadros...uno, dos, tres, cuatro, hasta llegar al cielo.
Ariel, dale vení te estamos esperando para el picadito, animate, dale que falta uno, le gritaba Juan desde el umbral de la puerta.
Así, sin cambiarse salía corriendo tras la pelota a ver quien hacia más goles, para luego ir por un helado en lo de Don Manuel.
En las tardecitas se reunían bajo el jazmín, a tomar mate mientras, tejiendo y destejiendo historias que jamás sabría si eran verdad o fantasía, esperaban a los hombres llegar del trabajo.
Como una avalancha los recuerdos se fueron atrincherando hasta dejar escapar un lagrimón, apagó el pucho contra el piso polvoriento, besó la foto de la abuela Ana, cerró la puerta y se fue.

Las letras juegan

Las letras juegan

y te invito que juntos armemos y desarmemos palabras, que entremos a este mundo lúdico, donde las fronteras no existen.

Frosty

Frosty

FROSTY

La noche está cálida, pero igual tengo frío, hambre, miedo.
Aquí me dejaron, en este zaguán inhóspito, a la espera que alguien me dé asilo.
Aún soy pequeño para valerme por mí mismo, pero si pudiera, saldría corriendo en busca de abrigo y comida, en cambio, mis pequeños miembros no me lo permiten y aquí me quedo, esperando...
Las gentes pasan y no me ven, los autos con sus motores en marcha y sus bocinas escandalizadoras me abruman.
El cansancio me vence, estoy quedándome dormido cuando escucho el ruido de una puerta que se abre y unos manos que me toman.
Me levantan, me miran, me inspeccionan y al cabo de un rato, varios ojos se posan en mí.
Hablan, se ríen, me acarician, me besan.
A pesar de que parecen personas agradables, no puedo dejar de temblar, la incertidumbre me estremece.
Los miro moverse de un lado hacia otro, paso de brazos en brazos, como si fuese un juguete.
Escucho que gritan desde otra habitación ...”el agua ya está”.
Me zambullen en una gran tina, me enjabonan, me enjuagan, me secan con una toalla y peinan mi pelaje.
Luego, envuelto en la misma toalla con la cual me secaron me llevan en sus brazos hacia otro lugar.
La velocidad de la moto me asusta, pero esos brazos me protegen.
El vehículo frena y estaciona, me pregunto a dónde me llevaron.
Una mujer sale a mi encuentro, me toma entre sus manos, me quita la toalla, me observa, se ríe y entramos a su casa.
Me coloca sobre una alfombra, me mira detenidamente, me acaricia, mis ojos inquietos le devuelven la mirada, acurrucado en su falda, siento sus manos pasearse por mi delgado cuerpo, disimulado bajo una mata de pelo color chocolate.
Tímidamente me voy soltando, le muestro mis pequeños dientes afilados, pero que no lastiman, simulando una sonrisa, mi lengua suave la lame en agradecimiento.
Poco a poco voy sintiendo a esta persona como mi familia, mi nuevo hogar.
Estoy muchas horas solo, pero durante ese tiempo, que es mi tiempo, me siento dueño de la casa, la cuido, la protejo de extraños y también aprovecho para hacer mis travesuras. Rompo, ensucio, muerdo, todo lo que esté a mi alcance, es la manera que tengo de hacerle saber cuanto la extraño cuando me deja solo.
Mis días solitarios ya no me entristecen más, aprendí a disfrutar la soledad, me entretengo agudizando mi oído y así escuchar las conversaciones de los vecinos, no hay quien entre al edificio que yo no lo reconozca por mi olfato o por su manera de andar.
Cuando anochece, en los días de invierno, mi corazón palpita más fuerte cuando oigo sus pasos en el pasillo y aún más cuando la llave hace clic en la cerradura.
Ella llegó y corriendo voy a su encuentro (cuando sé que me porte bien), de lo contrario aguardo bajo la cama, hasta que inspeccione el ambiente y de acuerdo a su tono de voz, salgo a recibirla.
A veces grita y me rezonga, pero al cabo de un rato, me toma en sus brazos, me abraza, me besa y retribuyo sus caricias con mis lengüetazos.
Sé que soy su confidente, a la hora de dormir, me acuesto sobre su vientre, mientras me rasco las pulgas que invaden mi cuerpo, al tiempo que ella me cuenta sus cuitas.
Lo que más disfruto es cuando me saca a pasear, a veces, tan solo damos unas vueltas a la manzana, en otras ocasiones, me lleva a la playa, allí me siento libre.
Corro directamente al agua, me revuelco en la arena y ni bien veo a otro ser de mi especie voy corriendo a su encuentro.
Jugamos, nos revolcamos, nos mordisqueamos fraternamente.
Cansado retornamos a nuestra casa, el baño me espera y luego me recuesto a su lado, muy pegado a sus piernas para sentir su calor y no volver a sufrir el frío de aquella noche en la que me abandonaron.

Julio

Julio

Aquí estoy, delante de mi pc, la hoja en blanco y las gotas de lluvia golpeando la ventana como pidiendo permiso para entrar y resguardarse del frío de este invierno que recién comienza, y yo sin saber qué escribir, quedándome colgado con julio y con Julio.
Siempre me pregunté y le pregunté a mis padres por qué Julio y no otro nombre, la respuesta fue simple, como naciste un mes de julio, te pusimos Julio.
¿Los padres eligen los nombres por los meses que nacen los hijos, o por el significado del nombre, cual será el motivo qué los lleva a elegir uno u otro nombre?
Los nombres son como una cruz que tenemos que cargar toda la vida, a veces pesada, al igual que la familia, no se elige.
Julio: “el de cabello rizado”
Con el cabello rizado, no me identifico, lo tengo lacio.
Julio: “ el que es fuerte de raíz”
Es práctico, responsable y de
carácter fuerte. Tiene una gran voluntad que lo
ayuda a triunfar en lo que se propone.
Hasta llego a pensar que es una ironía de la vida, una jugarreta, un mal chiste.
No soy práctico, ni responsable, ni de carácter fuerte, jamás tengo voluntad para nada, menos para triunfar en lo que me propongo.
La vida me aplasta, me asfixia, me inmoviliza.
Paso los días frente a mi computador con la pantalla en blanco queriendo escribir algo, aunque sea la fecha y al igual que la hoja está mi mente y mi vida, vacías.
Enciendo un cigarrillo, cierro los ojos y trato de capturar aquellos recuerdos de la infancia, aunque sea para poder plasmarlos en este papel y no se vea tan pulcro, aséptico, pero aunque me esfuerce solo logro recordarme cuando me veo.
Y me pregunto cómo me verían los demás, si me vieran; alto, delgado, cabello entrecano, con grandes entradas, nariz aguileña, labios finos que parecen una línea trazada en mi rostro, como una mueca inmóvil, ojos pequeños, algo encorvado, los dedos amarillos manchados por la nicotina, desgarbado y algo sucio. Si sucio, creo que ese ritual de bañarse a diario es una pérdida de tiempo, a quién pueden molestarle mis olores, mis sudores, mis humores, a nadie.
Miro el computador y otra vez esa hoja en blanco que me mira desafiante como queriéndome decir... dale animate, a ver si podes conmigo, a ver si alguna vez logras escribir algo que llene estos espacios en blanco y aunque sea ensucie mi imagen, la manche y no me vea como una novia virgen, inmaculada.
La miro fijo y me gustaría llenarla de palabras para callarle la boca y jamás volviera a hablarme así, en cambio mis dedos inútiles se paralizan ante el teclado y sólo logro observarla y admirar su blancura.

Gracias

por entrar a la web, por los comentarios y por el apoyo.

salsi

La pequeña

La pequeña

Un rayo de sol entraba por la ventana iluminándome el rostro, me desperecé perezosamente, me senté en la cama, llené de oxigeno mis pulmones, mi estomago y contando hasta ocho fui soltando el aire lentamente.
La mañana estaba espléndida invitaba a gozarla, así que decidí darme una ducha y disfrutar el desayuno en la terraza.
El espejo del baño estaba totalmente empañado, mientras lo iba secando con la toalla, mi imagen se fue componiendo como un rompecabezas.
Lo primero que se reflejaba era mi cabello mojado cayendo sobre mis hombros, me acerque aún más al espejo y pude comprobar que todavía el paso del tiempo no había dejado vestigios en mi rostro y ninguna arruga se divisaban alrededor de mis ojos claros, como los de la abuela Esther. Lo único que había heredado de ella, además de su carácter, era el color de sus ojos, lo demás me parecía más a mi tía, la hermana menor de mamá.; nariz pequeña, boca sensual, pómulos no muy prominentes, tez morena clara.
A pesar de que algunas hebras canosas se mezclaban con el castaño del cabello, aún no era necesario disimularlas con tinturas, lo desenredé con el peine dejándolo secar libremente.
Tantos años de ejercicio físico habían dado resultado, mis piernas estaban bien torneadas, mi abdomen chato y mi cola firme, al igual que mis senos, aunque no muy grandes, tampoco eran despreciables.
Tomé el pote de crema y comencé a masajearme los pies, siempre me gustaron, el tamaño justo para mi altura de 1.68m, luego continué humectando toda mi piel hasta terminar con las manos, delgadas y de dedos finos.
Mientras me vestía con un jean y una blusa blanca, sonó el teléfono:
- Hola
- ¿Hola Paula?
- ¿Si, quién habla?
- Soy yo, Marcela, no te conocí la voz, la tienes más suave, quería saber si ibas a estar por allí, necesitaba charlar contigo.
- Si estaré, iba a desayunar ahora, si quieres te espero.
- Ok, en un rato paso.
- Chau
Terminé de vestirme y fui a la cocina a preparar el desayuno, jugo de naranjas, tostadas, manteca, mermelada y café.
Me senté en la terraza a leer el diario y esperar a Marcela, mi amiga de la infancia, nos ayudábamos mutuamente, siempre hemos sido solidarias la una para con la otra, como también con los demás. Tal vez este espíritu fraterno nos convocó a abrir una librería-biblioteca en un barrio marginal de la ciudad. Y los chicos de la zona concurren allí atraídos por la novelería y poco a poco le van tomando el gusto a la lectura y aprenden jugando a leer y a escribir.
Llegó Marcela, desayunamos, intercambiamos algunas ideas con respecto a otra librería que estábamos abriendo en un centro comercial, siempre quisimos combinar una cafetería con libros y ahora el sueño se estaba haciendo realidad.
Terminamos el desayuno y nos fuimos a nuestro nuevo local, mientras compartíamos un café hicimos un repaso de nuestras vidas, de nuestras parejas, los desengaños, las ilusiones, y los hombres que aún nos quedaban por conocer, nos sentimos más mujer, más lindas, como si la madurez nos hubiese regalado sabiduría, belleza e inteligencia.
Al caer la tarde volví a mi departamento, me saqué los zapatos, me tiré en la alfombra, cerré los ojos y me desperté escuchando...

De vez en cuando la vida
se nos brinda en cueros
y nos regala un sueño
tan escurridizo
que hay que andarlo de puntillas
por no romper el hechizo...

El vestido de novia

El vestido de novia

Subí al ático de la casa de la abuela, de niña siempre fue un lugar donde me gustaba disfrutar las tardes, abrir el viejo baúl que allí habitaba e ir descubriendo uno a uno lo que guardaba.
Pasaba las horas allá, hasta que la voz de Alicia me devolvía a la realidad para ir a tomar el café con leche.
El desván era mi lugar preferido, yo sentía que ahí volvía atrás el tiempo y revivía de alguna manera la juventud de mi abuela. En esa vieja arca ella guarecía el tesoro de su infancia y adolescencia, los sueños perdidos.
Lo que más me gustaba era ponerme los vestidos antiguos y los zapatos que atesoraba, uno más bonito que el otro, hechos de encaje, puntillas, telas vaporosas, predominaban los colores pastel, rosa, celeste, amarillos, verde agua, todos muy femeninos.
Recuerdo un día que estaba revolviendo todo – como de costumbre – y encontré el vestido de novia de la abuela.
Ahora ya amarillento por el paso de los años, pero aún conservaba la belleza original.
Era de tul bordado en perlas y la falda muy amplia, sin mangas y un escote profundo que seguramente insinuó los pechos erguidos de su grácil silueta.
Me quité mis jeans gastados, la remera estrecha, los zapatos deportivos y me lo probé.
Un vals imaginario me invitó a bailar, dando vueltas y vueltas por la buhardilla, levantando el polvo allí dormido y soñando el día que me tocaría a mí lucir un ajuar igual.
Hoy solo había una sábana polvorienta y amarilla, testigo de aquel baúl que ya no existe, y con esta sábana soñé el vestido de novia que nunca usaré.

El Silencio

El Silencio

El olor al cloro invadió mis pulmones, respiré hondo a fin de que los desinfectara al igual que al agua. Sentada en el borde de la pileta tímidamente sumergí los pies, estaba fría, pero poco a poco me fui aclimatando a ella, mientras los movía en círculos.
A los lejos se escuchaban las voces de los chicos que jugaban al fútbol en el salón de arriba y la pelota rebotando en el piso.
La zambullida me llevo al fondo, dos metros me separaban de la superficie, las baldosas celestes daban la sensación que era el cielo. Nadé hasta el otro extremo debajo del agua que amortiguaba los ecos de la lejanía, aislándome del mundo y volviéndome a llevar al útero materno. Me sentía un feto en el líquido amniótico, apartada de la vida externa por ese vientre que atenuaba los sonidos.
Siempre fui sensible a los ruidos, desde pequeña, la música alta, los golpes fuertes, los truenos en las tormentas, los ladridos en las noches, me sobresaltaban. Nada peor que encontrarme en un embotellamiento de vehículos, donde las bocinas suenan sin parar, los conductores despotrican a los gritos, los peatones abuchean y todo retumba en mi cabeza paralizando mis ideas.
O las ferias vecinales, los feriantes alzando su voz como si estuviesen en un concurso de canto...”¡A la papa barata, a la papa!, ¡Vamos que se acaba, doña! y así uno a otro en sus puestos queriéndose imponer al vecino.
Las discotecas, con esa música que viola mis oídos y las personas hablan alto para poder escucharse y los parlantes que parecen que van a reventar tras cada nota que disparan.
Por eso adoro ir a las bibliotecas, ay que placer entrar allí, el templo del silencio; a veces alguien desubicado deja caer un libro, ese sonido seco sobre el piso que repercute en la habitación, pero enseguida vuelve él a apoderarse del recinto.
También me gustan las iglesias, solo los pasos de los feligreses interrumpen mis plegarias o algún murmullo de alguien que reza en voz alta, cómo no prefieren guardarse sus oraciones para sí.
Los cementerios, otro de mis lugares predilectos, en ocasiones se escuchan algunos llantos que dejan escapar los deudos más escandalosos, de lo contrario, solo el canto de los pájaros y la música del viento o las hojas rozándose unas contra otras, como acariciándose ante la complicidad de los muertos, acompañan al silencio.
Por eso, este medio acuoso, me da calma, me aísla, me devuelve lo perdido.

El pretil

El pretil

El cielo amenazaba lluvia, algunos relámpagos lo pintaban de color plata y las primeras gotas gordas comenzaban a caer.
Se embriagó con el olor a tierra mojada, subió al pretil y desde allí divisaba el mar que se perdía con el cielo o el cielo en el mar, nunca lo supo...
No podía mirar hacia abajo, tenía vértigo, si lo hacía, sentía que esos 30 centímetros que lo sostenían se desvanecerían lentamente y caería estrepitosamente hasta escuchar un ruido seco y luego el silencio, el silencio eterno y sus sesos quedarían esparramados en la vereda, su sangre se escurriría entre las baldosas hasta mezclarse con el agua sucia de la alcantarilla.
Todos sus pensamientos, sus sensaciones, sus miedos, se irían también en ese desagüe.
Sacudió la cabeza para quitarse esa idea funesta y el movimiento brusco lo hizo tambalear, en ese vaivén miró hacia abajo luego hacia arriba, a un costado, al otro y al fin volvió a su posición inicial. Se acomodó las ropas, respiró hondo y retomó la marcha.
La lluvia ya dejó de ser unas simples gotas de agua refrescantes para hacerse casi insoportable, el viento comenzó a soplar más fuerte y el mantenerse en pie era casi imposible.
Recordó sus clases de gimnasia en el colegio, estiro los brazos en cruz para mantener el equilibrio, intercalando los pasos, igual no dejaba de balancearse.
El pelo caía sobre sus ojos limitando su visual, si se lo quitaba perdería la estabilidad, así que trato de soplarlo, pero como estaba mojado no se movía.
Siguió caminando, no podía ver bien cuánto tiempo le faltaba, pero el pretil era casi infinito o eso le parecía a él.
Un bullicioso trueno lo sacó de sus cavilaciones sacudiéndolo hasta quedar con un solo pie sobre el hormigón. Se agachó, apoyo las dos manos en el piso y despacio se fue incorporando.
Faltaban unos pocos centímetros para llegar hasta la pared que lo sostendría, apuró los pasos, estiró las manos y al fin ese muro que tanto había anhelado.
Recostó su espalda, los pies casi sobresalían de la cornisa, metió las manos en el bolsillo buscando un cigarrillo, estaban mojados, igual quiso encender uno, los fósforos también estaban empapados. Miró la cajilla inútil que sostenía en su mano izquierda, la arrugo y la tiró al vació, ese movimiento tan mecánico, mínimo lo hizo trastabillar con una pequeña piedra y de pronto el mundo estaba pies a cabeza.

El hijo

El hijo

El ladrido de los perros se escuchaba desde la lejanía, el agobio por el peso de ese hijo que no le daba la esperanza de seguir andando, no le permitía oírlos.
Con gran esfuerzo desprendió las manos que asían su cuello fuertemente, al punto que hasta la respiración se le entrecortaba y dejó caer a Ignacio.
La herida aún sangraba. La noche oscura, gélida y deshabitada se volvía inhóspita incluso para los cadáveres.
Hasta cuándo sangra la muerte, se preguntó, mirando a su hijo que yacía en el suelo, mientras los perros al oler la parca, se acercaron aullando hasta donde se encontraban ellos.
Las lágrimas eran tan áridas como la tierra, quería llorar, pero ellas se oponían a bañar su rostro y así limpiarlo del polvo desprendido por esa tierra sedienta de una lluvia que jamás la bendecía.
Se sentó a esperar que el alba despuntara por si alguien pudiera ayudarlo con su hijo. Inclusive los perros se habían ido, tan solo uno se quedo allí echado, aguardando quién sabe qué.
Usted sí que es fiel, en cambio él, un mal agradecido – le dijo
Lo vengo cargando desde el otro pueblo, rogándole que me dijese cuando oyera ladrar los perros y nada. Solo el peso de su cuerpo y el silencio me trajeron hasta aquí.
Ha sido un mal hijo, egoísta, caprichoso, desagradecido.
El perro lo escuchaba atento con las orejas tiesas y la mirada aguda.
Una pálida luna iluminaba el cielo, un silencio que dolía los oídos y una brisa fresca eran su guarida.
Se quedó dormido.
El cantar de un gallo ronco le anunció el día. Abrió los párpados y solo las tumbas yacían ante sus ojos.